Carmen Marín o la endemoniada de Santiago: locura y modernidad en Chile de mediados del siglo XIX

-Por Nicolás Carvajal

*El presente artículo se ha adaptado pues su extensión original era bastante más larga, y fue realizado para la obtención de un Diploma de Honores.marin

El caso de Carmen Marín, o la endemoniada de Santiago, es uno de los episodios más notable en la historia científica de Chile. Hacia 1857, nos encontramos en la segunda mitad del “decenio progresista, sobrio y digno del presidente Manuel Montt; (…). Las polémicas arduas en torno a lo religioso y a lo político se desenvuelven en círculos reducidos, influidos por lecturas apresuradas de pensadores franceses, ingleses y alemanes” [1] . Sin embargo, la discusión que rodeaban a la religión y la ciencia se trasladaron a las pequeñas habitaciones del Hospicio de las Hermanas de la Caridad ubicada en la antigua calle Maestranza. Una joven de unos 20 años de edad presentaba una extraña aflicción que los médicos de la época no lograban explicar convincentemente. A comienzos de agosto el Mercurio de Valparaíso incluía un artículo sobre una “niña que el vulgo y algunos presbíteros creen endiablada” [2].
Entre los síntomas que Carmen Marín presentaba, los cuales no tenían nada de sobrenatural, se encontraban “accesos de epilepsia cataléptica la que se desarrolla con todo su horror en ciertos momentos”[3] los cuales la enferma podía predecir con bastante exactitud; ataques que la botan al suelo, los cuales fueron atribuidos a un histérico, muy parecidos a una epilepsia [4]; convulsiones en todo el cuerpo, hinchazón y sonidos intestinales bastante exacerbados [5].
Por último, el presbítero a cargo del caso señala, fuertes convulsiones de carácter, al parecer, nerviosa, realiza contorsiones con tal resistencia que ni siquiera cinco hombres logran detenerla, tampoco presenta sensibilidad en ninguna parte del cuerpo, no siente dolor a pesar de ser clavada con agujas[6] . Hasta aquí, la medicina podía hacerse cargo del caso con cierta facilidad, la enfermedad era ampliamente conocida por los médicos de la época, se trataba de un histérico bastante agravado. Empero, había un aspecto de la enfermedad de Carmen Marín que desconcertaba a los facultativos, del mismo modo, era la razón por la cual el Arzobispo de Santiago había asignado un presbítero para que se hiciera cargo del caso.
Cuando Carmen llegó al Hospicio de las Hermanas de la Caridad, llevaba años padeciendo los ataques sin que nadie pudiera darle remedio. Sin embargo, comenzaba a correrse la voz alrededor del Hospicio sobre una muchacha que presentaba el aspecto de una poseída por el demonio. A partir de dichos rumores, el presbítero José Zisternas es invitado al Hospicio para que pudiera examinar a la joven. Sin embargo, se rehusó y atribuyo los rumores a la credibilidad de la gente y a la posibilidad de que Carmen estuviera fingiendo [7]. Luego de recibir el mismo rumor en repetidas ocasiones, se deicidio a visitar el Hospicio en compañía de otros religiosos. Al llegar ahí inspecciono a Carmen y llamó a que trajeran una plancha caliente para ponérsela en el estomago, de este modo sabría si estaba fingiendo[8]. A pesar de que no pretendía realmente utilizar la plancha, la enferma no se ceso sus ataques en ningún momento.
Al estar en el Hospicio algunos de los presentes sugirieron que presenciara el efecto que tenía el evangelio de San Juan sobre la muchacha. Zisternas accedió y consigno lo siguiente en su informe sobre el caso:

“la enferma se agitó horriblemente, levantó el pecho de un modo extraordinario, formó un gran ruido con los líquidos que había en su estómago y, cuando el evangelio iba en más de la mitad, tomó un aspecto horripilante: dobló el cuerpo, abrió cuanto pudo la boca y los cabellos se le erizaron. En una palabra no parecía humana. (…) al momento de pronunciar las palabras et verbum caro factum est, el cuerpo de aquella muchacha se descoyuntó, la agitación calmó súbitamente cambió de inmediato la fisionomía, y dos minutos después de concluir el evangelio hemos hablado con otra persona (…) [9].

Ante la perplejidad del presbítero y de todas las personas presentes, la muchacha tomaba un aspecto normal y respondía amablemente las preguntas que pudieran hacerle los presentes. Este mismo hecho es el que desconcertaba a los médicos, ninguno de ellos lograba acabar con los ataques de Carmen, tampoco podían explicar por qué un grupo de palabras del evangelio si lograban calmarla. Zisternas se dispuso a descartar la posibilidad de una enfermedad natural antes de siquiera considerar la posibilidad de una posesión demoniaca. Para esto citó en el Hospicio a una serie de doctores para que la examinaran y pudieran entregar un diagnóstico sobre la muchacha.
Andrés Laiseca[10] y Mac Dermott[11] concluyeron en sus informes médicos que la enfermedad no solo era claramente natural, sino que además se trataría de histeria. Por otra parte Vicente Padin[12] y Joaquín Barañao[13] reconocen que la medicina no era suficiente para clasificar los síntomas vistos, sin embargo, no se vuelcan por eso a la posibilidad de algo sobrenatural, simplemente la medicina no podría dar cuenta de la enfermedad en su estado actual de progreso. Sazie[14], quien también tuvo la oportunidad de examinar a Carmen, sostuvo al comienzo de su visita que se trataba de una farsa, rápidamente cambio su opinión y planteó que se trataba de una aflicción nerviosa, sin embargo, al presenciar el poder que tenía el evangelio sobre la muchacha se retiró del Hospicio y no emitió informe alguno. Eleodoro Fontecilla[15] no emite informe, tampoco se aventura a decir que la medicina no podría diagnosticar la enfermedad de Marín. En la carta que envía al presbítero señala que serían necesarias más observaciones para poder llegar a una conclusión, las cuales no se realizan y si diagnóstico queda indeterminado. Siguiendo la misma línea Zenon Villareal[16] señala en la carta que envía al presbítero que hasta realizar nuevas observaciones no podría dar su parecer respecto de la joven.
De modo que solo dos de los facultativos que tuvieron la oportunidad de examinar a Carmen Marín dieron un diagnóstico preciso sobre su condición. Sin embargo, ninguno de ellos podía explicar el efecto que tenía el evangelio de san Juan sobre la muchacha. A pesar de sostener que se trataba de histeria, tampoco sabían como detener los ataques.
La medicina no lograba dar respuestas que se erguían en torno a Carmen Marín y sus curiosos ataques. Debido a esto el presbítero Zisternas se dispuso a exorcizar a la muchacha para acabar con su aflicción. Sin embargo el primer intento falló debido a la batahola de gente que se agolpaba en las mediaciones del Hospicio para presenciar los ataques de Carmen.
De modo que Zisternas no continuó, tapó la cara de Marín con una sábana, pues esta se encontraba en uno de sus ataques, y mandó a las Hermanas de la Caridad a que la llevaran a descansar apartada de toda la gente. Esto fue mal visto por los periódicos quienes no vacilaron en continuar sus críticas hacia el presbítero y al grupo de religiosos que lo acompañaban en su proceder en el Hospicio.

Discusión Religión y Ciencia

A medida que comenzaron los rumores sobre la enferma del Hospicio que parecía estar poseídos los periódicos locales se volvieron bastante críticos ante dicha posibilidad. El diario El País introducía la noticia señalando que “la creencia en la hechicería o en las mujeres poseídas del demonio, es uno de los numerosos errores que la antigüedad transmitió en herencia a los tiempo modernos”[17]. El trabajo de los presbíteros también fue del mismo modo criticado, así El Ferrocarril los denomina “aprovechadores de este ciego y bárbaro fanatismo”, y el respaldar la posibilidad de una posesión “el sainete más ridículo e infame que puede darse en espectáculo a un pueblo civilizado”[18]. Por esos días el Hospicio se llenaba de gente que concurría a presenciar los ataques de la endemoniada. “El espíritu supersticioso de la mayor parte de nuestras gentes, principalmente de las devotas, estimulaban sobre todo, a aquella excursión a un lugar apartado de Santiago”[19].
La discusión entre religión y ciencia se iba acrecentando a medida que pasaban los días, por un lado los periódicos lanzaban duras críticas que eran respondidas por el presbítero en su informe, a lo que se agrega las publicaciones de la Revista Católica. Al comienzo del informe hecho por el presbítero, señala sobre la plancha caliente que sugiere para probar la veracidad de los ataques; “si no fuera que entre las muchas y gratuitas acusaciones que posteriormente se me han hecho”[20]. Zisternas se sentía acusado injustamente de causas como levantar la farsa de la posesión. Agrega que en casos normales bastaría con dar cuenta verbal de su investigación, sin embargo la gente conocería imperfectamente lo ocurrido al interior del Hospicio[21]. Probablemente refiriéndose al artículo de publicado el 4 de agosto en El Ferrocarril donde señala “la imprudencia con que hombres que revisten el carácter sacerdotal y que prostituyen la fe religiosa, autorizando con sus palabras y con el evangelio el escándalo inaudito de una superchería”[22]. El Mercurio de Valparaíso termina uno de sus artículos pidiendo que no se permita ningún sacerdote al lado de la enferma, “basta ya el mal papel que algunos sacerdotes han hecho ante la sociedad con motivos del mal de la mencionada enferma”[23].
La Revista Católica, que había sido fundada tras la negativa que había recibido el arzobispado de Santiago para censurar los periódicos liberales pues contribuían al ateísmo, respondió las duras críticas de los principales periódicos de Santiago. En primer lugar, publica una apología a la plausibilidad de las posesiones demoniacas, en ella cita material sagrado al igual que supuesto material científico[24]. Posteriormente publica un artículo llamado “El amor a la verdad” donde crítica duramente a los periódicos que se hacen llamar “la prensa ilustrada del país”[25]. Además cuestiona el estatuto de la ciencia y los límites de la razón. Esto a razón de los médicos que examinaron a Carmen y no pudieron dar solución a los ataques.

Modernidad y Conclusiones

De acuerdo a un sentido bastante general y para nada crítico, lo que pretendo entender como una sociedad moderna, es en la cual “los productos de la actividad racional, científica, tecnológica, administrativa”[26] rigen en ella por sobre las revelaciones o saberes religiosos. Weber sería el primero en establecer un vínculo entre la modernidad y la racionalidad en cuanto a lo social y cultural[27]. Los procesos de racionalización habrían traído lo que denomina el desencantamiento del mundo, lo que resulta en una cultura profana[28]. Es decir, se “remplaza, en el centro de la sociedad, a Dios por la ciencia y, en el mejor de los casos, deja las creencias religiosas para el seno de la vida privada”[29].
En este sentido, Chile deja entre ver varios aspectos propios de una sociedad moderna. Entre ellos los periódicos citados donde se connotan aspectos religiosos como propios de tiempos pasados, de poco progreso y de escaza racionalidad. La hechicería y las posesiones serían resabios de culturas animistas. Sin embargo Chile contaba con una sociedad “sin tradición científica, (…), o crédula al extremo”[30]. Solo en 1833 se había fundado la escuela de Medicina de la universidad de Chile, en un contexto donde la gente con tiene clara la diferencia entre un curandero y un médico universitario[31].
La disposición de volcarse hacia la ciencia, y más profundamente a la razón, estaba ya difundida en la sociedad chilena de mediados del s. XIX. A pesar de que carece de las herramientas, y de una robusta tradición científica que pudiera respaldar dichas intenciones. De acuerdo a esto no es de extrañar que los médicos que examinaron a Carmen Marín fueran de especialidades totalmente distintas a la psiquiatría, no obstante todos manejaban el cuadro polimorfo de la histeria [32].
En conclusión conviven aspectos que depositan toda su confianza en la ciencia y en el progreso que representa. Confianza que se ve mermada por las fuerzas misteriosas e incalculables que Weber plantea se deja de lado a través de la racionalización[33]. Además de la falta de la tradición científica que facilite este pasaje hacia la racionalización.
Desde mi punto de vista Chile se encuentra en un periodo bisagra, abriéndose paso hacia la modernidad cargando, no obstante, con resabios del periodo anterior. La sociedad chilena de mediados del s. XIX convive con aspectos teleológicos, donde Dios parece haber creado el orden que les ha sido dado, no obstante a la vez la racionalidad, y la confianza en ella, penetra paulatinamente las organizaciones humanas. Esta transición se caracteriza por la contradicción y la presentación de características de ambos periodos. Estas contradicciones se presentan a lo largo de todo el material situado. Conviven en la época aspectos de una gran confianza en el racionalismo con la extendida fe en la religión, y particularmente en el catolicismo.

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[1] Armando Roa, Demonio y Psiquiatría. Aparición de la conciencia científica en Chile (Santiago, Editorial Andrés Bello, 1974), p. 30
[2] “La enferma del hospicio”, El Mercurio, Valparaíso, 3 de Agosto de 1857, p. 3
[3] “La niña espirituada”, El Ferrocarril, Santiago, 3 de agosto de 1857
[4] Benito García, “La endemoniada (continuación…)”, El País, Santiago, 1 de septiembre de 1857.
[5] Andrés Laiseca, “Más sobre la espirituada”, El Ferrocarril, 4 de agosto de 1857
[6] José Zisternas, “Relación hecha al señor (…)” (Santiago, Imprenta del Conservador, 1857), pp. 79, 80, 81 y 82
[7] José Zisternas, “Relación hecha al señor (…)” (Santiago, Imprenta del Conservador, 1857), pp. 79, 80, 81 y 82
[8] Ibíd., p. 3
[9] Ibíd., p. 4
[10] Andrés Laiseca, “Más sobre la espirituada”, El Ferrocarril, 4 de agosto de 1857
[11] Carta de Juan Mac Dermott a J. R. Zisternas, 8 de agosto de 1857
[12] Vicente Padin, “Informe del doctor Vicente Padin”, Santiago, Agosto de 1857.
[13] Carta de Joaquín Barañao a J.R. Zisternas, 13 de agosto de 1857.
[14] José Zisternas, “Relación hecha al señor (…)” (Santiago, Imprenta del Conservador, 1857)
[15] Eleodoro Fontecilla, “Informe del doctor Eleodoro Fontecilla”, Santiago, agosto de 1857
[16] Carta de Zenón Villareal a J. R. Zisternas, 8 de agosto de 18
[17] “La mujer endemoniada”, El País, Santiago, 31 de Julio de 1857, p. 3
[18] “La niña espirituada”, El Ferrocarril, Santiago, 3 de Agosto de 1857
[19] “La enferma del hospicio”, El Mercurio, Valparaíso, 3 de Agosto de 1857, p. 3
Imágen : Grabado de Manuel Manilla
[20] José Zisternas, “Relación hecha al señor (…)” (Santiago, Imprenta del Conservador, 1857), p. 3
[21] Ibíd.
[22] “La niña espirituada”, El Ferrocarril, Santiago, 3 de agosto de 1857
[23] “La enferma del hospicio”, Mercurio de Valparaíso, 3 de agosto de 1857
[24] “Posesiones diabólicas”, La revista católica, N° 509, 1857
[25] “El amor a la verdad”, La revista católica, N° 514, 1857, p. 4
[26] Alai Touraine, “Crítica de la modernidad” (México, Fondo de cultura económica, 1994), p. 17
[27] Jürgen Habermas, “El discurso filosófico de la modernidad” (Buenos Aires, Katz, 2008)
[28] Ibíd.
[29] Alai Touraine, “Crítica de la modernidad” (México, Fondo de cultura económica, 1994), p. 17
[30] Armando Roa, Demonio y Psiquiatría. Aparición de la conciencia científica en Chile (Santiago, Editorial Andrés Bello, 1974), p. 31
[31] Armando Roa, Ensayos sobre historia de la medicina: medicina universal y medicina chilena (Santiago, Academia Chilena de Medicina, 2001)
[32] Roa, Ensayos sobre historia de la medicina, p. 229
[33] Jorge Larraín, Modernidad, razón e identidad en América latina (Santiago, Editorial Andrés Bello, 1996)

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