Movimientos sociales y Resiliencia, dialogar con la fortaleza

El siguiente escrito pretende reflexionar sobre el contexto nacional, específicamente, sobre las movilizaciones sociales, a la luz de la Historiografía “Nueva Historia Social”, en que se sitúa Gabriel Salazar, y su concepto “Poder Popular Constituyente” [1]; el concepto de Resiliencia, aplicado al contexto Latinoamericano[2], con la intención de aproximarnos a un concepto de Resiliencia que probablemente impera en el “espíritu” de las manifestaciones actuales.

La “Nueva Historia Social” (p.58)[3], es una corriente historiográfica que se sitúa en torno a los sujetos sociales activos, dándole prioridad a ellos y a su memoria, mediante una historicidad que no está proyectada hacia el pasado sino más bien al tiempo presente[4]. Desde este sentido, y desde su carácter social, es que reclama una historia que parta “desde abajo”, no una historia centrada en los presidentes y ministros, decisiones políticas, económicas y militares, sino una que abordara varias dimensiones de la vida humana, teniendo por objeto de estudio a los desposeídos, mujeres, niños y trabajadores informales, quienes son también sujetos históricos -y no una masa uniforme- capaz de generar movimientos y cambios sociales[5]. Aquella historiografía nos abre la posibilidad de construir una historia más “de la gente”, y por lo tanto, más crítica de su realidad cotidiana; desde aquí queremos situar el contexto nacional -y sin pretensiones de una revisión total- miraremos ciertos rasgos del sistema socioeconómico actual. Para tal descripción nos basaremos en la contextualización que presenta Gabriel Salazar “En el nombre del Poder Popular Constituyente (Chile Siglo XXI)”, quien caracteriza al escenario nacional con las siguientes palabras: “Acosados por un camuflado terrorismo del Mercado… Endeudándonos para educar a nuestros lujos. Endeudándonos para asegurar nuestra salud. Endeudándonos para tener nuestra casa, nuestros muebles, nuestros utensilios de vida. Endeudándonos para pagar los créditos contratados, los intereses, los seguros y, encima de todo eso, la usura insaciable del retail… Pagando hasta 5 veces, después de licenciados, por el crédito universitario con aval del Estado… Pagando todo, hasta lo más esencial y valioso en nuestra vida: la formación y salud de los niños, la cultura, el futuro familiar, el esparcimiento”[6] Y sigue el autor -siempre con un tono indignado- “[que] para no dar salida a la rabia, nos ofrecen más y más “líneas de crédito”, a efecto de ahogar la frustración con más consumismo y endeudamiento. Insisten en que “todo está bien”, que estamos creciendo al 6.o % anual con una tasa de inflación del 4 % y un desempleo apenas de 8.3 %, razón por la que estamos blindados contra la crisis financiera mundial”[7].

Y aun en esa esperanza como nación, hasta el mismo informe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) declara que “los chilenos viven un profundo malestar interior”. Es en este contexto, en que las movilizaciones son la manifestación de aquella historia que, más allá de las expresiones violentas, relata las vidas no consideradas por las esferas “representantes”, y que como Alberto Mayol expresa, es el malestar, la energía que mueve al movimiento estudiantil[8].

Pero también es válido preguntarse ¿por qué ahora? ¿Por qué en estos tiempos? Para dar respuesta, las diferentes perspectivas socioculturales pueden entablar una profunda discusión -sin duda- pero aquí hemos querido articular algunas ideas particulares; primero, podemos situarnos en nuestro contexto Latinoamericano, en el cual, por lo producido sólo en la primera década del siglo XXI, podríamos llamarlo como una década en movimiento para los sectores populares: las luchas sociales en Argentina, los movimientos sociales y cambios políticos en Ecuador, luchas sociales en Uruguay, y la misma resistencia Mapuche en nuestro País[9]. Pues como refiere el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), las protestas sociales y reactivación de movimientos sociales funcionaron como una vía de evacuación del malestar latente, ya que expresan y nutren la crisis del neoliberalismo, de la misma forma que amplían el horizonte democrático en la región.

Por otro lado, en el cambio de década, hubo una emergencia de gobiernos que se presentan como reformistas, planteando así nuevos desafíos y horizontes de acción para las organizaciones sociales, los que muchas veces no se adaptan o no dan respuestas efectivas a los sectores populares, provocando en ellos modos de defender sus interés mediante manifestaciones directas; como en el caso de Aysén en Chile, el paro petrolero en Venezuela, las movilizaciones autonomistas en Bolivia, el conflicto del “campo” en Argentina, entre otros[10]. Estos conflictos nos demuestran la contingencia de un movimiento estudiantil que responde a un malestar generalizado a nivel Latinoamericano, y que tiene también un origen histórico a nivel local -el cual es muy extenso de abordar aquí- pero que de manera más próxima, podemos ubicar en la Revolución de los pingüinos del año 2006. Sobre lo que caracteriza al movimiento estudiantil actual se ha hablado demasiado; el espíritu entusiasta, la creatividad para manifestarse, la fuerza y cantidad de sus participantes. Pero todo ello no sería posible si no fuese por una característica que es esencial para alcanzar los objetivos deseados, esencial incluso para plantearse la idea misma de luchar. Algo que más allá de la perseverancia, energía y “garra” que puede tener un movimiento social; la resiliencia. Esto, es hacerle frente a las dificultades, impedimentos, obstáculos que pueden ser la razón de crecimiento, aprendizaje y salud, o el impedimento, padecimiento y estancamiento individual y social. La resiliencia tiene una vasta historia conceptual, la cual se ha ido “adaptando” a los diferentes conflictos del ser humano; desde un factor que poseen ciertos individuos marginados. Pasando por el ámbito de la salud y la salud mental, hasta la aplicación al ámbito comunitario (derivada de la anterior). Ambas dimensiones, la individual y la social -derivadas de la aplicación a los marginados y a las comunidades respectivamente- son interdependientes en un concepto que abarca el conflicto que vive un sujeto social. Varios autores han definido Resiliencia[11], por lo que la entenderemos a esta como una capacidad de las personas o grupos para seguir proyectándose en el futuro, a pesar de acontecimientos desestabilizadores y de condiciones de vida difíciles[12]. Tal capacidad se produce en función de procesos tanto sociales como intrapsíquicos, pues no se nace resiliente ni se adquiere naturalmente en el desarrollo: depende del proceso interactivo del sujeto con los otros en su sistema, responsables también de la construcción del sistema psíquico[13]. Como Maturana y Varela plantean, somos seres que vivimos en el acto de conversar; lo psíquico o mental se manifiesta en el acto de conversar[14], en interacción con un mundo circundante que es complejo. Por consiguiente, si su entorno, tanto físico como social, representa una amenaza para el sujeto y para su comunidad (al ser ambos interdependientes) necesitarán estos buscar una solución para su coexistencia y superación de tal conflicto. Aquello lo vimos ejemplificado en el terremoto del 27 de febrero del 2010, en la cual los Chilenos, entendiendo las dificultades que tenían que soportar diariamente tanto de forma personal, como familiar y ciudadana, se unieron para hacer frente y lograr los mismos objetivos; en esa lucha fue necesaria tanto la resiliencia individual, como resiliencia a nivel comunitario. Al referirnos a esta última, estamos haciendo alusión a la concepción Latinoamericana de resiliencia, que, con profundas raíces en la Psicología Social Latinoamericana, atiende a una conceptualización ad-hoc a pueblos que se han caracterizado por enfrentar los más variados desastres naturales. Estos, ponen a prueba a cada comunidad Latinoamericana en su esfuerzo colectivo y solidaridad social, pues siempre representan un daño en término de pérdida de recursos y vidas. Estas desgracias –las cuales se conceptualizan en situaciones de catástrofes naturales, o conflictos bélicos-pueden significar el desafío para movilizar las capacidades de la población y emprender procesos de renovación, que modernicen no solo la estructura física sino toda la trama social en esa comunidad[15]. Es en este sentido que cada situación de emergencia, de posible pérdida, es también una posibilidad de desarrollo. Esto también se define como Crisis. Este concepto en Chino[16] tiene una simbología con doble dimensión: la primera (危) indica “peligro mortal”, y la segunda (機) indica “oportunidad única”, por lo que podría significar que toda crisis impone un momento de cambio. Tal símbolo, se puede relacionar con nuestro propio contexto, pues sino ¿cómo definir a un contexto nacional que presenta contradicciones e inconsistencias sociales, democráticas y éticas tan grandes? (al principio mencionadas). Y que aunque observar tal escenario nacional parece un poco desesperanzador, los movimientos sociales vienen a cumplir una función importante: ser las voces que gritan que algo está mal. Aunque sus demandas son legitimas, y las propuestas razonables, para que la Crisis frente a la cual se plantean, sea aquella oportunidad -y no un abismo hacia el cual caer al olvido- es necesario plantear una Resiliencia que sea acorde, no sólo al contexto Latinoamericano debido a sus desastres naturales, sino también, debido a las crisis social que se viven (y han vivido) en este continente. Chile, por ejemplo, se puede caracterizar como uno de los hijos prodigios del Neoliberalismo, en donde el Estado es renuente al cambio en un sentido amplio, por tanto, debe existir una resiliencia a nivel social para que los “movimientos populares” sean siquiera concebidos. Plantear una resiliencia que tenga su funcionamiento en un nivel social, supone fomentar los factores resilientes para el fortalecimientos de las capacidades en la superación de desafíos y protección de posibles peligros, sea a nivel individual, de los sistemas familiares o de nosotros como conciudadanos[17]; no planteamos que es en este orden (de la parte al todo, pues los fenómenos psicosociales son complejos), pero para hablar de un alcance de éste concepto a los movimientos sociales, es necesario que este se “empape” de los agentes que la constituyen. Que exista resiliencia en los movimientos sociales significa que en su progreso -en tanto movimiento- se debe desarrollar, para así hacer frente a aquellos “peligros” o fuerzas que contrarrestan su “maduración”. Planteamos que tal “capacidad” sería el producto por el cual es posible la consecución de los objetivos trazados, y para la posibilidad de concebir demandas futuras. Es decir, es el factor que abre la posibilidad de desnaturalizar el orden establecido, en primera instancia, y en segunda, abrir las posibilidades de cambiar. Como una forma de desarrollar tal capacidad, podemos utilizar el concepto de “Poder popular constituyente” de Gabriel Salazar, el cual da cuenta de la voluntad colectiva y la posición de “tomar al toro por las astas”; refiere a aquel poder que, en tanto ciudadanía soberana, puede y debe ejercer el pueblo por sí mismo, para construir el Estado, mercado y Sociedad Civil, que le parezca necesario y conveniente para su desarrollo y bienestar18. Fomentar la resiliencia en la ciudadanía plantea la capacidad de hacer frente a una situación de crisis social, para recuperar aquel poder (que está en manos de pocos) y tender a lo que planteó Salazar, alcanzar la anhelada democracia, la justa participación de la construcción de su Estado, y no dejar las decisiones en manos de los políticos (influidos por la empresa), quienes ven en las movilizaciones sociales, con certeza, una probabilidad de ver su vida mermada.

Vemos entonces, que el concepto de resiliencia en nuestra idiosincrasia no es lejano, más siendo posible estudiarlo a la luz de cómo “el pueblo” (en su concepción más tradicional), es capaz de hacer frente a la adversidad y determinarse a la posibilidad de cambio. En cuanto a esto, se entiende que se tengan recelos frente a los cambios -pues toda coyuntura en cualquier aspecto de la realidad provoca incertidumbre- pero muchas veces la resistencia a los cambios que vienen de las “altas esferas”, más que sincero miedo, plantean oposición debido a intereses políticos y económicos. Se plantea así un nuevo problema, ya que para efectuar los cambios necesarios es preciso que aquellos que tienen el poder, y aquellos que lo reclaman, establezcan relaciones simétricas, posibilitadoras del diálogo y de una conjunta construcción de la realidad social. Para lograr esto, es fundamental aquella capacidad (psicológica, afectiva y con implicancias sociales) que es la empatía. Capacidad que deberá tratarse en otro momento.

Referencias:

Gabriel Salazar (2011)“En el nombre del Poder Popular Constituyente (Chile Siglo XXI)”

(2001)“Resiliencia: descubriendo las propias fortalezas.”

Miguel Fuentes (2007) “Gabriel Salazar y la Nueva Historia. Elementos para una polémica desde el Marxismo clásico (Exposición y debate)” en http://es.scribd.com/doc/19485579/Gabriel-Salazar-y-La-Nueva-Historia0 dialnet.unirioja.es/servlet/fichero_articulo?codigo=2279792 entrevista de Elisa Cárdenas a Gabriel Salazar, en http://es.scribd.com/doc/19485579/Gabriel-Salazar-y-La-Nueva-Historia0 Gabriel Salazar

(2011)“En el nombre del Poder Popular Constituyente (Chile Siglo XXI)” Entrevista de El

Mostrador a Alberto Mayol, en http://www.elmostrador.cl/noticias/pais/2012/04/02/mayol-vs-salazar-las-tesis-en-pugna-para-explicar-el-movimiento-estudiantil/

CLACSO, 2011. “Una década en movimiento. Luchas populares en América Latina en el amanecer del siglo XXI”

Manciaux,Vanistendael, Lecomte y Cyrulnik, 2001; Grotberg, 1996; Vanistendael, 1994; Rutter,1992; ICCB, InstituteonChildResilience and Family, 1994; Suárez Ojeda, 1995; Stein, 2000; entre otros.Para una revisión conceptual ver pp. 14-16 en http://www.avntf-evntf.com/imagenes/biblioteca/G%C3%B3mez,%20B.%20Trab.%203%C2%BA%20BI%2009-10.pdf

En Grotberg, E, Melillo A. y Suarez N. (compilación) (2001): Resiliencia. Descubriendo las propias fortalezas”.

Maturana, Humberto y Varela, Francisco (1984). El árbol del conocimiento. Bases biológicas del entendimiento humano.

En Grotberg, E, Melillo A. y Suarez N. (compilación) (2001): Resiliencia. Descubriendo las propias fortalezas”.

[17]El cual se dice “Weiji”, escrito en chino tradicional:危機. Y que en Japonés, crisis, curiosamente, se dice “Kiki”. Para produndizar ver http://pinyin.info/chinese/crisis.html

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