Algunas reflexiones y giros entre Psicología Sistémica y Psicoanálisis

Por Diego Troncoso

Resumen.

En este ensayo me dedicaré a mostrar aquellos marcos teóricos de la Psicología Sistémica que se solapan y se rechazan con la teoría Psicoanalítica y generan interesantes intersecciones o aportes mutuos. Aunque algunos aportes de la Psicología Sistémica sea en un su primera cibernética (Minuchin) como en su segunda cibernética (White & Epston), dejan mucho que desear y dejan sin resolver o sin abordar diversas temáticas. Hay aspectos de la Psicología Sistémica – creo yo – que pueden otorgar una buena digestión a algunos seguidores del Psicoanálisis que en su discurso presentan muchas flatulencias que muchas veces los llevan a rincones sin salida.

Sin pretender abordar toda el área epistemológica y los orígenes de la Psicología Sistémica, vale la pena recordar algo básico e importante para más o menos mantener el paso al ritmo: En la Psicología Sistémica vemos que las influencias de las relaciones sociales son importantes para el continuo desarrollo o cambio de un sujeto inserto en un(os) (sub)sistema que lo referencia en sus posibilidades. El sujeto siempre está en referencia comunicacional con otro insertado en una red de relaciones diversas que posibilitan sus diversas maneras de actuar en cada contexto con otros.

Dicha esta breve definición diré que la Psicología Sistémica toma al síntoma más en su modo “cuantitativo” y el Psicoanálisis en general toma (estudia o analiza) al síntoma más en un modo “cualitativo”.

Me explico, el síntoma visto como algo más cuantitativo como relación de partes con el todo desde la perspectiva sistémica, radica en tomar en cuanto los actores y distintos escenarios en donde se presenta el síntoma y qué factores son los que potencian en seguir manteniendo dicha manifestación sintomática. Manifestación producto de las relaciones entre los actores, sus comunicaciones, sus proyectos y las posibilidades en cada sub-sistema que contiene sus propias reglas.

Otra forma de entenderlo es cuando en Psicología sistémica dicen: “y ante todo esto, el paciente hace un síntoma”. Quiere decir que en el medio relacional donde se desenvuelve el sujeto, está inserto en una red de conflictos o responsabilidades, las que van más allá de sus capacidades, sin tener auxiliares que ayuden a contener sus dinámicas relacionales a diversos proyectos. Por ejemplo, en una familia donde hay padre, madre y un niño, si ambos padres tienen diferencias en sus proyectos de vida, generan discusiones, malentendidos comunicacionales que se exacerban y generan más discusiones, logrando entonces que el único motivo para que ellos no se separen, sea por la responsabilidad social que los une de cuidar lo mejor posible a su hijo. En este escenario el niño puede verse dividido entre las opiniones de los padres y ser el núcleo central del conflicto. Ante tal stress y división, el niño hace síntoma, está pasando por un síntoma: ya sea mal rendimiento académico, llantos excesivos, rabia, etc.

Siguiendo las premisas Sistémicas, en tal sentido, si los distintos actores que refuerzan al síntoma, logran solucionar aquellas distorsiones comunicativas introduciendo un nuevo cambio y se buscan nuevas posibilidades que ayuden a sostener el sistema familiar, que dejen de viciar el sistema, si aquella insistencia sintomática que envuelve al niño en sus relaciones con sus padres, cambia de tal modo, haciendo que la sistémica familiar prosiga en su función con sus partes, el síntoma que hizo el niño desaparece, al haber cambiado su sistema familiar.

El síntoma en la Psicología Sistémica (desde mi opinión y de mi modo metafórico de entenderlo) tiene una forma de dos remolinos. Uno grande “invisible” con subsistemas de la parte con el todo con sus actores y otro pequeño remolino visible que poco a poco se va agrandando arrasando a su paso con más actores que estén cerca de él, hasta abarcar más subsistémas. En otras palabras, algo que se le escapa a la vista teórica psicoanalítica algunas veces, es que el síntoma puede conllevar y generar nuevos traumas y la vez más síntomas, y a su vez más trauma, por consecuencia más síntomas, y así, en donde se intenta descargar y evitar la angustia; como si fuese un ciclo vicioso que se va potenciando.

Para que esto se entienda a cabalidad pondré dos ejemplos diferentes de compulsión a la repetición (síntomas): Una persona alcohólica va día a día aumentando su dosis de alcohol, en la medida que va presentando más factores estresantes y sociabiliza con personas que lo incitan a seguir bebiendo. Ese sujeto luego puede provocar a su medio relacional mayores conflictos que si estuviera sobrio, podría golpear a su esposa o a su hijo, ser despedido de su trabajo, etc.

Otro ejemplo sería de un sujeto con una compulsión a la repetición por apostar; comienza gastando más de lo que gana, endeudándose más de lo que puede, termina vendiendo sus bienes y eso a su vez lo deprime más y regresa más y más al  juego.

En ambos ejemplos podemos apreciar claramente lo dicho con respecto al síntoma como un remolino pequeño que se va agrandando, sacando de las experiencias negativas más fuerza para a su vez atraer más conflictos al sistema cercano o lejano donde éste vive, haciendo al síntoma (su parte visible), cuantitativamente más grande.

Mientras el remolino invisible serían las posibilidades y probabilidades que están englobadas en los diversos subsistemas, que contienen al sujeto en sus relaciones con otros, los que indirectamente afectan a la conformación del síntoma o remolino visible (que es solo una parte del todo), pero que puede convertirse en algo cuantitativamente mayor.

Tengo muy en claro, que tal tipo de ejemplos reducen las diferencias y particularidades del sujeto a pura probabilística, sin tomar su voz o su verdad como elemento principal dentro de las sesiones en terapia. Sin embargo, en situaciones donde la ayuda psicológica se reducen a unas cuantas sesiones breves con exigencias a resultados casi inmediatos, se hace aprovechable contemplar dicha clínica en su práctica.

Un ejemplo concreto se hace de cierto modo similar en la clínica Psicoanalítica Relacional. Supongamos una pareja tiene discusiones constantes, que giran principalmente a la temática de la desconfianza. En tal caso se hace una intervención clínica de dar voz a los pacientes y explorar de dónde provienen sus distorsiones en la relación actual de pareja. Se busca interpretar en el momento la transferencia, evitando la distorsión de los malentendidos para que la comunicación sea empáticamente entendida por el otro. De esa manera se posibilita entonces una nueva perspectiva de comunicación de conflictos sin caer en la búsqueda de los responsables directos.

Si bien es cierto que en la experiencia clínica esto sería una “corrección” de las “equivocaciones” de ese Yo para cambiarlo por otro Yo menos distorsionado en el sistema, para que comprenda, por ejemplo, su temor a depender del objeto, su envidia y su agresión como defensa narcisista a las relaciones de objeto[1], por ejemplo. No analiza las causas que originan esas desconfianzas, ni tampoco garantiza que la desconfianza no aparezca desde otro lado, o que simplemente las diferencias que sean latentes desde otro marco y que ya sea demasiado tarde para la reconciliación o cualquiera sea el tipo de ganancia secundaria o goce tras la repetición.

Respecto a la sistémica, no podemos menospreciar el aporte que puede dar a los pacientes, ya que pueden evitar desenlaces lamentables que no tendrían por qué ocurrir y hacer que todo “desastre” de pareja finalice en el peor de los escenarios, provocando serias heridas y huellas a los pacientes por no haber actuado o reaccionado a tiempo. Sé que esto último es un debate aún polémico y aquí no pretendo concluirlo, pero dejo esto como un debate que abre un tajo en la coherencia analítica, intentando mostrar ciertos límites de ella.

Podríamos de alguna forma, como piensan los Sistémicos, entregar una ayuda dentro de los conflictos más manifiestos o visibles. Los sistémicos tienen la esperanza de que al provocar un Cambio 2 en los actores del sistema, el síntoma, digamos invisible, de las relaciones no distinguidas o diferenciadas, rompería el ciclo vicioso, aflojando su estructura hacia una Morfogénesis que permita la apertura a nuevos escenarios y oportunidades de acción. Una nueva Crisis (prescripciones paradójicas por ejemplo) que permita cambios reales y sostenidos; no cambios maquillados que sólo son hambre para hoy y hambre para mañana que son los llamados Cambio 1, que ante las influencias no predichas por los actores hacen regresar el síntoma hacia su mismo compás. Se podría decir que toda relación humana o alianza tiene implícito un modo de comportamiento tendiente a repetir los mismos patrones de conducta o acción para que se mantenga un equilibrio estable que no perturbe las comunicaciones ni provoque nuevos conflictos, o que en cada conflicto, el sistema regule los ruidos por los canales ya construidos. En ese sentido, si un ruido es lo suficientemente poderoso (síntoma como cuantitativo), desorganizará el sistema, provocando una inestabilidad y generaría síntomas.

Otro factor interesante de la P. Sistémica que ha tenido mucha importancia, es en las esferas laborales y educacionales. Pues no se trata de encontrar un culpable o un culpable mayor por encima de otro, así como tampoco en quién inicia primero el problema (ya que los patrones no son lineales, sino recursivamente circulares), debido a que el que inicia, a su vez está actuando afectado del mismo sistema en juego que lo impulsa a actuar, y así ocasiona en el otro que… y a su vez el otro, etc. Más bien se presta atención a la dinámica del sistema que genera las pautas tanto implícitas como explícitas. Lo importante en eso último es que, trazando distintas distinciones de las pautas en juego, se pueden ver aquellos patrones invisibles o implícitos en juego y posibilitar su cambio a las reglas de éste.

Más precisamente me preocupa o me llama la atención cierta ortodoxia clínica psicoanalítica (especialmente la del diván), que  prioriza el análisis propiamente tal no adquiriendo un compromiso lo suficientemente ético que busque estrategias terapéuticas más flexibles para cada tipo de paciente. Tal temática fue explorada (como autocriticada) punto por punto por Ferenczi y por sobre todo por Winnicott (el más conocido, aunque no por eso el más importante). Hay pacientes que simplemente, hay que construirlos en posición de pacientes, hay pacientes que  se deben “contener” (holding) más que escuchar en transferencia. Hay pacientes donde el conflicto intersubjetivo es mucho más importante que el conflicto intrapsíquico. Hay pacientes que no están en situación de asociar libremente ya que no poseen una estructura neurótica y presentan conflictivas mucho más arcaicas.

Si bien es cierto que hoy la clínica psicoanalítica es distinta a su ortodoxia inicial, aún podemos seguir viendo posturas del tipo “no me es preocupante si mi paciente aumenta o baja de peso, me interesa comprender lo dicho en el síntoma en su diferencia”. Yo no estoy de acuerdo con Lacan en su tajante distinción entre “análisis como cable de cobre (psicoterapia) y análisis como cable de oro (diván)”. Así, tal como lo dice De La Fabián (2008)[2] “Retomando el problema entre lo terapéutico y lo analítico, la hipocresía de la que hablo es la supuesta posibilidad de los analistas de desembarazarse de su preocupación por el bienestar sintomático del paciente. Creo, al revés del gesto de Lacan, que sólo podemos pensar la clínica a partir del momento que aceptamos eso como una imposibilidad. La pregunta no es, <<¿Cómo hacer para desembarazarse de la inquietud por el bien del otro?>>, sino: ¿Cómo podemos hacer clínica a partir de ella y más fundamentalmente, cómo podemos pensar una clínica analítica que no distinga entre el oro puro del análisis del cobre de las psicoterapias”.

Dicho todo esto, hay una crítica que desde el Psicoanálisis podríamos alumbrar: La psicología sistémica toma al sujeto como un sujeto en relación con un sistema mayor que lo organiza y lo motiva a actuar con otros en distintas relaciones que lo llevan decidir ciertas pautas que repercuten tanto a corto, mediano y largo plazo el sistema dependiendo de los actores en juego. En ese sentido existen algunas escuelas de Psicología Sistémica que dicen que no existen las causas profundas de los síntomas, ya que se pueden tratar aquí y ahora y modificar los patrones de conducta centrándonos en las soluciones al problema y no fijarnos en el pasado del conflicto. Tales escuelas de sistémica se parecen mucho al conductismo de antaño, solo que más sofisticado. En otras palabras son lo más “cuantitativo” que existe.

Esta premisa tiene la gran falencia y vicio de que toman al sujeto como un sujeto vacío, a-deseante si no está primero en un escenario que lo influencia a desear (con un YO instalado que se afecta por el sistema en juego), un sujeto sin tiempo interno propio (inconciente), sin narrativa propia, como un muñeco que por medio de los invisibles hilos de la comunicación actúa o se mueve, en donde si sumergimos al sujeto en otro escenario, será otra persona en donde ningún pasado inconciente o neurosis se puede alojar, ya que una vez cambiado su ambiente será un “nuevo” ser.

Yo replico en que justamente se ve al sujeto con un carácter muy superficial que apenas aborda las motivaciones, los deseos, su DIFERENCIA particular en el sistema, su propia sexualidad que no se logra aplacar homogéneamente al todo, un conflicto pasado. Aunque se cambien sus actores (ver ejemplo de la familia con el niño), una huella queda en el sujeto, con una forma de desear en su transferencia de distintas maneras. Toman al sujeto como si tuviera un YO ya conformado y listo para verse influido en tales o cuales escenarios. No toma en cuenta el explorar la profundidad del síntoma, sino como algo inserto en un medio, dejando de lado lo inconciente con sus códigos y mensajes propios que determinan su forma de gozar; su modo particular de repetir sus síntomas. La personalidad o el carácter son simplemente YO pastiche (Gergen) que se fragmenta en cada instante en otra cosa. Es como si tomaran en cuenta que los cambios terapéuticos son máscaras de roles sociales de actores que cambian su conducta para adaptarse mejor el contexto, esperando que con el tiempo “automáticamente” el sujeto actúe como tal y se “reconozca” como “parte de”.

No obstante, el Psicoanálisis no estaría de acuerdo con que “sería difícil denominar “lenguaje” a un código totalmente privado que no permitiese la comunicación con ningún otro ser humano. En resumen, el significado depende de la inteligibilidad y esta es inextricablemente lingüística y, por tanto, relacional.” (Botella & Pacheco, 1998)[3] Hay que recordar que previamente al lenguaje o al sentido hay una serie de diferencias, el lenguaje no alcanza anudar lo particular diferente de cada persona. Lacan tiene razón cuando dice que el lenguaje no está hecho para uno, uno se inserta en él y busca o intenta creer ser representado por él, aunque sea la única forma en las diferencias particulares de cercarlo. La aparente coherencia narrativa buscada, esa implacable homogeneidad narrativa que lime las diferencias, que da coherencia al continuo en sus futuras discontinuidades, omite el peso o huellas de un pasado que repite, lo desapropia, no importa que modelo narrativo se curse en juego, hay que – como diría Lacan en el seminario XI – dar a reconocer el tiempo a ese tiempo inconmensurable que se repite

Existe un psicoanálisis relacional más acentuado en los procesos sociales o intersubjetivos que dejan a veces bastante de lado la (in)temporalidad u (des)organización propia intrapsíquica por una homogeneidad consensuada de los juegos de lenguaje compartidos en diversos contextos. En concordancia con otros autores André Green enfatiza la preocupación del Psicoanálisis de tomar en consideración tanto lo intrapsíquico como lo intersubjetivo. Para no ser injustos con la P. Sistémica por otro lado ha progresado a su encuentro con el constructivismo en sus modos narrativos, de otorgar sentido a la experiencia, por tanto para la perspectiva sistémica no todo es solamente pautas de interacción de sistemas familiares. Desde este punto de vista su marco de referencia no se aleja sustancialmente de autores como Guidano y su Organización de Significado Personal que incluye tanto las pautas vinculares de crianza como las escenas nucleares que dan sentido a la organización del Self narrativamente.

Es fundamental pensar al sujeto como escindido entre lo que dice y lo que dice más allá de lo que dice, o sea, lo dicho es dicho por otro, es dicho desde la posición de un enunciado que lo revela como un sujeto de deseo. Donde los contenidos concientes del discurso en el “yo soy”, “yo pienso que”, en su concatenación ligante discursiva y asociativa presenta diversos tropiezos, sean lapsus, olvidos, recuerdos oníricos, chistes, silencios, repeticiones, que dan cuenta de algo mas allá del discurso, algo sobre su conciencia, donde transita materiales reprimidos aparentemente olvidados desplazados  o desfigurados en síntomas o enmascarados en emociones defensivas. La mirada de esta orientación, no es pensar que la voluntad deseante del sujeto se dirige a un objeto, mas bien “no es un sujeto que desee sino que es arrasado por algo cuyo origen desconoce y cuya intencionalidad no comprende. Se trata no solo de develar, hacer conciente, sino también de generar las condiciones para acompañar al sujeto en su protección ante esa parte de si mismo que no puede controlar.” [4] (Bleichmar, 2009)

Es importante mantener el acento, recordar que un “simple “sí” o confirmación de un paciente respecto a su narrativa construida puede carecer de significado o incluso merece ser descrito como «hipócrita», puesto que puede ser conveniente para su resistencia hacer uso en sus circunstancias de un asentimiento para prolongar el ocultamiento de alguna verdad que no ha sido descubierta.”[5](Freud, 1937) Aquello refiere justamente a la ganancia secundaria de todo síntoma. De este modo el deseo, las frustraciones, emergerán desde una óptica distinta que refleje “soy en donde no creo ser”,  “soy donde olvidé ser”, “soy donde no soy”, “soy donde no quiero ser”, “soy donde repito ser”, “soy donde resisto desplazado el deseo”. Por tanto, responder a la demanda (como asentir a las narraciones y relatos del paciente sin una mirada Psicoanalítica) según nos dice Freud, es ser cómplice de una hipocresía no revelada, cómplice de su ocultamiento, es adornar de otro modo la ganancia secundaria del síntoma o el Ego.

Como dice Laplanche, el trabajo analítico es de un camino temporal que va desde lo presente hacia el pasado y, solo una vez comprendido esta parte se liga hacia el futuro. Por tanto, no se trata de construir sobre lo que diga el ego[6] en (desde) su presente y validar desde allí todos sus caminos futuros construidos. Freud enseñó que en dicho camino están los tropiezos, contradicciones, lapsus, silencios, sueños, defensas, narcisismos o imaginarios que alertan de algo más allá del lenguaje, más allá del ego.


[1] Esto sería dentro de una mirada Kleiniana o de la Psicología del Yo, ambas teorías muy fuertes en Inglaterra y Estados Unidos [nota del editor]

[2] De La Fabián, R (2008) De la ética a la erótica de lo cómico: Ni psicoterapia ni psicoanálisis. Revista Objetos Caídos.

[4] Bleichmar, S. (2009) Inteligencia y Simbolización. Ed. Paidos

[5] Freud, S. (1937) Construcciones en Análisis

[6] Ego como traducción inglesa del “yo” psicoanalítico. Escuela que después tomará el nombre de Ego-Psycología (psicología del yo) versión del psicoanálisis predominante en el ambiente tanto de Estados Unidos como de Inglaterra. Cabe destacar que desde la Ego-Psychology se funda la idea de que los mecanismos psíquicos particulares a cada subjetividad son estandarizables en medios de “evaluación psicológica” [nota del editor]

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