No perdamos la cabeza

-Por Andrés González

“Mientras el cerebro sea un misterio, el universo continuará siendo un misterio”.andy
– Santiago Ramón y Cajal

Si bien un número considerable de psicólogos repiten como lema lo imprescindible que resulta el adoptar un -generalmente ambicioso e inconmensurable- enfoque integrativo de los fenómenos que acontecen durante cada fracción de segundo; vale decir, adoptar una visión consciente de las infinitas dimensiones, posibilidades y variables a las que el objeto de estudio está sujeto, incurren a una incongruencia no menor: no coincide tal postulado con lo reflejado en la práctica del mismo. En otras palabras, se defiende P pero, en la praxis[1] se hace Q y hasta a veces no P.
Se supone que el enfoque global e integrativo no desatiende la relevancia de cada dimensión constitutiva del ser humano, ni mucho menos desacredita las aportaciones de las ciencias encargadas al robustecimiento teórico de la enigmática arquitectura de la mente, y de la relación que ésta guarda con el comportamiento. Por consiguiente es esperable, como futuros profesionales abocados a la salud mental, que el espectro sociocultural, el legado de la evolución, la propia idiosincrasia, las experiencias escritas en nuestra biografía, las constantes regulaciones biológicas, la fisiología y el funcionamiento cerebral no escapen del lente analítico. Sin embargo en la mayoría de las veces son estas tres últimas dimensiones mencionadas las que tienden a perderse en la oscuridad del olvido, en la neblina de la ignorancia. Así pues, en breve, es la base fisiológica la que queda reposando en el descuido. Es cosa de preguntar un poco a cualquier estudiante al azar sobre neuroanatomía o simplemente revisar que en la malla de ramos de la carrera hay a lo más tres ramos que imparten, de modo general, lo relacionado con el cerebro.
Con esto no espero un interés propio de un médico o un biólogo en tanto a ese tópico; respeto la diversidad, y sé que hay muchas otras áreas que responden a los propios intereses. Pero, por muy diversos que sean los intereses, debemos conocer al cerebro para adentrarnos en la mente. Para esclarecer lo anterior, parafraseo a un amigo, ya profesional, que en ese entonces sostenía una cerveza en un bar de mala muerte: “para pisar el segundo peldaño, debes primero pisar el primero; entiende lo inicial y luego entrométete con lo más complejo. Primero lo primero”. Deseo que se aplique la misma lógica al sustrato neurológico que sostiene a nuestra psique[2]. Ojo, que algo sirva de sedimento no significa que éste determine absolutamente a lo que soporta.
… ¿Ahora, cuál es el problema con esto?
En fin, es este olvido el que nos impide tener una visión sistémica y el que pone en jaque a los beneficios de lo multidisciplinar. Nos faltan piezas del rompecabezas, las que forman el contorno de lo que queremos armar. El pasar por alto al cerebro, el sacrificar el cuerpo orgánico por la mente sólo nos guiará a la reencarnación del retrógrada pensamiento Cartesiano[3].
Pues bien, sencillo, el de transformarnos en lo que no deseamos: en sujetos que, con la mejor de las intenciones, se comprometen a entender al humano, pero, que en su intento rompen su lente analítico-integrativo para -en la mayoría de las veces- usar uno que olvida un fragmento fundamental de la naturaleza humana: su constitución anatómica.
Así, nuestra subjetividad, tanto en su perfil más racional, como en el más emocional se sostiene gracias a este fragmento que muchas veces desatendemos. Ahora, quiero subrayar algo no menor, que un determinado sentimiento dependa de la actividad de varios sistemas cerebrales específicos que interactúan con varios órganos del cuerpo no disminuye la belleza de dicho sentimiento. Ni la alegría, ni la sorpresa, ni la angustia, ni laexaltación que el amor o el arte pueden resultar devaluados al conocer los procesos biológicos que los hacen posibles. No los vuelve menos humanos.
Es más, es al revés: nuestra capacidad de maravillarnos debería aumentar ante los mecanismos que hacen que tal espectáculo sea posible[4]. Deberíamos sorprendernos aún más de nosotros mismos y estar más contentos por conocernos con mayor precisión.
En suma, el cerebro gracias a su estructura y funcionar -sustentado por procesos neurales- permite el surgimiento de la enigmática y hermosa complejidad de la psique humana. Es al cerebro y a los procesos que subyacen a los cuales hay que dirigirse para comprender, en primera instancia, la mente y la subjetividad del sujeto actual. Y esto es así pues los sentimientos, emociones y pensamientos que nos invaden en la cotidianidad se apoyan significativamente en la configuración del organismo, en toda su extensión[5]. Por lo anterior, surge la importancia de adentrarse en la literatura de la neurociencia y de otras ciencias, su contribución no radica solamente en nuestra formación general, es más, también lo hace, y especialmente, en la área clínica, jurídica y hasta incluso educacional debido a que brinda un mejor entendimiento en cuanto a las observaciones que se elaboren, tanto para quien necesite de nuestra ayuda, como para nosotros, futuros profesionales.
Para que no suene descabellado lo expongo de esta forma: si se quiere analizar con destreza un caso particular, es decir, para desentrañar la mente del “otro” se debe, primeramente, hacer eso con uno mismo, puesto que toda descripción que se haga del “otro” es una descripción que se origina en nosotros mismos [6]. Curiosamente, ésta descripción está sujeta a nuestras herramientas anatómicas, a nuestros procesos somáticos, y a nuestras limitaciones estructurales (hay personas que sufren de, por ejemplo, trastornos orgánicos que les impide tener una capacidad “esperable” para percibir la intensidad de los estímulos, para atender, para mantener la concentración, para registrar información en la memoria a corto plazo y para producir y entender el lenguaje).
Sin embargo, no sólo las observaciones penden de nuestra constitución anatómica, nuestra toma de decisiones también penden de ésta. Las elecciones que se adoptan están influidas por un proceso llamado marcador somático[7] que se caracteriza por ser un cambio corporal que refleja un estado emocional -positivo o negativo- que pueden influir en las decisiones tomadas por la persona en un momento determinado. Ahora llevemos esto a la clínica, instancia en la que, a partir de una decisión, se cambia la vida del cliente: a este o bien se le puede dar de alta, o bien diagnosticar un trastorno que requiera del consumo crónico de medicamentos de alto impacto, o bien internar por un tiempo indeterminado en un hospital psiquiátrico –cuando posiblemente sea lo que menos necesite-. Nuestras observaciones, descripciones y, decisiones -producto de las dos primeras- pueden mejorar o empeorar la vida de quien se pone en nuestras manos. Por lo tanto, tenemos un poder sobre el otro, uno que interviene, reestructura y encauza[8]. He ahí la seriedad. He ahí el protagonismo de la ética y de nuestra humanidad.
A modo de resumen, mi grano de arena apunta a la misma dirección que postulan los aportes de la cibernética de segundo orden[9], la cual promueve la lógica de lo autorreferente.
La cibernética de segundo orden invita al vernos a nosotros mismos como un modo de trascender las limitaciones del propio mirar; invita a la autoobservación, es decir, a estudiar a quien estudia [10]. Al conocimiento de nosotros mismos como seres cognocedores y constructores del universo.
Para terminar, me gustaría hacer hincapié en algo de suma importancia, la propuesta no tiene la pretensión de que ustedes, estimados lectores, comiencen a tomar un partido radical, a atrincherarse en lo que sólo acepte lo fisiológico y nada más, al contrario, proponer eso sería cometer el mismo error que señale en el inicio, abandonar los aportes filosóficos y sociológicos y, simultáneamente, incurrir a la falacia “booleana” o de bifurcación [11].

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[1] Praxis del griego antiguo: πρᾱξις = práctica, es el proceso por el cual una teoría, lección o disciplina se convierte en parte de la experiencia vivida.
[2] Psique del griego ψυχή = alma, es un concepto que designaba la fuerza vital de un individuo, unida a su cuerpo en vida y desligada de éste tras su muerte. En la actualidad el término se va volviendo cada vez más una expresión poética que un concepto científico.
[3] Pensamiento puramente “dualista” en su sentido más antropológico, no teológico. Este tipo de pensamiento propone que el ser humano, como sustancia o cosa, es divisible en dos fragmentos: a) mente y b) cuerpo, los cuales se hayan desconectados; los cuales son independientes entre sí. En la actualidad se sabe que lo anterior es falso, sino más bien lo opuesto.
[4] En Damasio, A. (2004): “El error de Descartes”.
[5] Maturana, H., Varela, F. (2009): “El árbol del conocimiento”.
[6] Ibíd.
[7] Martínez-Selva, J., Sánchez-Navarro, J., Bechara, A., Román, F. (2006): “Mecanismos cerebrales de la toma de decisiones”. Revista de Neurología; 42 (7): 411-418.
[8] En Foucault, M. (2010): “Neoliberalismo y biopoíitica”.
[9] Estudio de las relaciones que guardan entre si los componentes de un sistema para existir como ente autónomo, que se autoproduce y organiza. La cibernética de segundo orden se diferencia de primer orden debido a que ésta última se encarga del estudio de las relaciones que mantienen diferentes sistemas entre sí. Ergo, la de primer orden enfatiza la interdependencia mientras que la segunda la independencia.
[10] Ver en Von Foerster, H. (2006): “Las semillas de la cibernética”.
[11] Ubicable en Warburton, N (2005): “Pensar de la A a la Z”, p. 86-87. Es una falacia que consiste en concebir a un problema de modo polar, pensando en extremos opuestos cuando, en realidad, existen versiones y soluciones intermedias frente a una misma situación y fenómeno.

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