Odio a los que odian el odio: de por qué odiamos y queremos odiar

-Por Eduardo Riveros

A Carla y a mi tío Cuchoodio por odio

Cuando tenía 14 años, tuve un tío que, a vistas y oídas (y bueno, confesionalmente) era neonazi, ya saben, nacionalismo blanco y esas cosas. La mayoría conoce el cliché estereotípico, y él no se salía de éste (se les identifica como rapados en la cabeza, vestimenta consistente en botas militares, polera blanca, jeans azules, tirantes, entre otros accesorios ad hoc). Por otro lado, tenía un amigo que se declaraba comunista. Era una de esas personas de las que hacen que te preguntes si es que tendrán alguna idea de lo tediosos que llegan a ser al interpretar cada acontecimiento habido y por haber mermando su ideología, sin autocrítica ni revisión alguna. Él era uno de ellos, por mi parte aún me pregunto cómo es que llegamos a ser amigos.
Al grano. Un día le comenté a este amigo acerca de mi querido tío y sus barridas matutinas de las que tanto se jactaba en sus círculos sociales más cercanos, a lo que contestó: “¡Ah! ¡Odio a tu tío!”.
Detengámonos aquí un momento, esto es divertido. He escuchado a personas decir que odian cosas o personas a las cuales no conocen, o de las cuales no tienen noción alguna desde donde lanzar un juicio de valor de tal magnitud frente a una persona que podría resultar, si bien no ofendida, sí dolida o apesadumbrada. Durante mucho tiempo olvidé este incidente, la verdad es que me tenía sin cuidado; una de las tareas de todo ser humano inmerso en el susodicho paraíso social es aprender a tolerar y a ser tolerados, es parte del contrato implícito (¿O esto no era parte del trato?).
Hoy en día, ya mayor, y con casi 3 años de educación superior privada de pregrado en una licenciatura de Psicología, con plan de estudios ajustado a, ustedes ya saben, las contingencias políticas, sociales, económicas , etc., del país (hecho a la medida frente a la APA), lo he vuelto a recordar, ya pensándolo desde otro enfoque. Las preguntas surgieron casi a la fuerza: ¿qué es el “odio”?, ¿qué es “odiar”?, ¿cuáles son sus características?, ¿cómo se significa al odio?…olviden la última pregunta, Lacan no está disponible dentro de este artículo, quizás otro día, cuando reciba mi título.
En la teoría, tanto las especulativas como las ciencias más duras han indagado en las diversas dimensiones que componen el Odio, acorde a la imagen ontológica y postura epistemológica del gusto del pensador o el investigador interesado. Creo que no hay disciplina en ciencias sociales que no haya hecho el intento de delimitar el concepto, sin llegar a un término totalizante y envolvente, en virtud de nuestras hermosas y relativas maneras de concebir lo humano (claro, asumiendo que sólo el ser humano puede odiar, creo que es lo más importante que nos separa de los animales. El homo sapiens es una burla.
Comencemos definiendo esta enigmática pero común palabra. El Odio, según la RAE, es la antipatía o aversiónhacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea. Hay un camino espinoso desde la palabra hacia el concepto. El odio significa a una red de emociones, el cual da pie a una instancia superior con sus propias características e implicancias para el espíritu que odia (los gestálticos estarían orgullosos).
(¿Mencioné que no haría referencias a otros autores o fuentes? Como regalo para el estudiante o lector distinguido que se humedece con la psicología cognitiva, le haré saber cuando se explicite un sesgo en el texto con la siguiente referencia: “[sesgo detectado]”. Un regalo para ustedes, con cariño.De que está sesgado el artículo, está colosalmente sesgado el artículo,casi a priori, no pretendo ser un científico, sino ser un pensador, con mis falacias, sesgos, errores y todo eso. ¡Viva la introspección y la autocrítica! ¡Respeto por la opinión personal!)
Hagamos una pequeña reflexión: ¿cuál es el propósito de odiar? ¿Qué nos impulsa al odio? ¿Hacia qué o hacia dónde nos mueve el odio?
El propósito hace referencia a una meta, un lugar o destino al que el odio motiva a alcanzar (y a destruir, probablemente), de ahí el carácter movilizador del odio, el cual puede verse teñido de algún color político, o bien vestir una prenda con una cruz o una medialuna bordada, pero también tiene un carácter motivacional, no necesariamente destructivo, sino más bien sublimador, desde el cual una persona se sostiene a pesar de la adversidad hasta las últimas consecuencias (ya cuando no se tenga un cuerpo desde donde odiar). He ahí la amplitud de áreas en las que cabe el Odio, éste anida en donde quiera que se le ponga: política, religión, ideología, filosofía, ciencia, etc. Todas estos conceptos tratan el problema del Odio desde sus bases, manejando una postura propia de cómo ver al odio y cómo vivirlo o rehuírlo. Es decir, el Odio alberga en su coraza diversos temas, es el carácter polifacético que tiene.
Un ejemplo atingente a esto último es el excepcional guerrillero [sesgo: detectado; ironía: pasada] Ernesto “Che” Guevara, conocido principalmente como uno de los instigadores y líderes de la Revolución Cubana, y bueno, por ser decapitado en Bolivia. En vida y lucha, escribió montones de documentos fomentando el pensamiento revolucionario, queriendo mezclar en ellos parte de la idiosincrasia cultural latinoamericana [sesgo: detected]. Pero sus escritos, ligados a su carga ideológica, toman al Odio de otra manera en contraste con la convención social del Odio como algo reprobable, inmoral, con el deber de evitarse a toda costa:

“El odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así: un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal.”

En este sentido, cabe destacar la variabilidad moral del Odio, es decir, cada contexto, persona, grupo, institución, etc., se ve sujeta a cambios en sus valores morales en distintas situaciones, algo también llamado cinismo, o hipocresía. Hasta cierto punto, cada uno de nosotros es hipócrita, ligado a imperativos social e interpersonal que promueven la armonía entre los distintos actores sociales. ¿Qué crea la armonía? ¿La justicia? ¿El amor? En este último caso, ¿puede el odio servir para traer armonía en la sociedad?
Volvamos al ejemplo de mi tío y mi amigo. Mi amigo afirma odiar a mi tío. En este caso, no es cosa de azar. Las ideas, valores, creencias, experiencias de cada uno lo reafirma en su voluntad de declararse en las antípodas de alguna posición, ya sea ideológica, política, la que sea, de cualquier naturaleza y tipo. Es más, incluso uno puede declararse en contra de cosas que son hechos (ej. El holocausto judío), en contra de la democracia, en contra de la libertad de expresión, etc. Argumentos escasean, sobran las experiencias.
El estar en contra de algo no lo envía automáticamente al círculo del infierno en donde se castigan a los que odiaron en vida. No, ha de haber algo más. ¿Es que acaso sus ideas comunistas determinaron el odio a mi tío, un nacional-socialista? Eso puede ser posible, es decir, hay un elemento histórico-ideológico importante en medio de aquellos dos sistemas ideológicos. Uno afirma ser internacionalista, otro declara ser nacionalista, entre muchas otras características. El régimen nazi alemán hizo un pacto de no agresión con la Unión Soviética en la Segunda Guerra Mundial. Operación Barbarroja se le llamó a la traición de dicho acuerdo. En fin.
Como dije, hay motivos históricos-ideológicos para llevarse mal (incluso si los pactos fueron hechos entre países, las ideologías no tomaron en cuenta la posibilidad de proteger a los pueblos, sólo fue mera estrategia de guerra [sesgo: detected]). ¿La historia y sus consecuencias generan odio? Probablemente sí, pero dudo que mi amigo odie a un nacionalsocialista por haber traicionado un pacto de no agresión con su homólogo comunista. Debe ser una historia reciente, algo con qué contrastar más directamente.
Claro, es importante señalar la magnitud o intensidad de las cargas ideológico-valóricas de cada persona (si es que pueden medirse, claro) para alcanzar a intuir qué tan profunda es la maraña de emociones asociado a los eventos históricos vividos, o los vividos por cercanos.
más profundas pasiones. Pocos ahora se interesan en hacerse escuchar por su odio hacia la desigualdad, la miseria, la mala educación, el estrés, etc. Pero hoy a muchos les interesa hacerse escuchar cuando dicen que odian a tal o cual equipo de fútbol. Hay cierta transfiguración de las pasiones del sujeto. Por un lado, la falta de pasión política ha dejado menos muertos que hasta hace 50 años, pero la falta de ideas ciudadanas provoca inercia, pasividad, indecisión, la falsa transparencia de una época que se jacta de ser la más fructífera de todos los tiempos [sesgo: detectado].
Hoy se odia, pero con un odio moderno, se odia cotidianamente, un odio del día a día. Ya no hay contextos globales que susciten pasiones y contiendas que abrigan los diferentes colores humanos que hacen de la vida una experiencia fogosa y dinámica. Hoy en día se odia al jefe, al sistema, al tipo que te cobra el estacionamiento.Las pasiones se han relegado al plano íntimo y personal, normalmente relacionado al plano amoroso, sentimental, afectivo. El odio hacia las ideas se transmuta al odio hacia las personas y la cotidianeidad.
Quizás mi amigo no estaba consciente de que aquello que dijo era un deseo profundo, alimentado por cuanto factor político-social se le ocurra a uno, de pasión por la vida, aunque disponga de un discurso que denote se antipatía por las otras ideas. La tolerancia frente a las ideas desagradables nos ha hecho callar nuestros sentimientos que, tóxicamente, inundan nuestra subjetividad de amores y odios variados, odios sin rostro ni nombre.
El deseo de odiar se hace patente, pero nadie les dice a las personas cómo odiar. ¿De qué manera se puede odiar correctamente? Es difícil, ya que odiar implica daños, tanto personales como al objeto odiado. Se prolonga el sufrimiento y angustia personales, en tanto los objetos odiados pueden ser destruidos, humillados o dañados, y el odio termina al ser estos destruidos (tengo mis dudas de esto último, dejaré la pregunta abierta: ¿termina el odio al ser destruido el objeto odiado?). En este caso, quiero responder la pregunta planteada párrafos atrás: yo creo que sí se puede vivir en mayor armonía social con el odio. Algo parecido a lo que quiso decir el Che Guevara, quizás la gente sí se sintió unida odiando a un enemigo en común, o quizá sí sea un elemento catalizador de vínculos sociales cuando éstos se basan en odiar a un Otro peligroso o enemigo. Claro está, lo que pueda resultar de ese odio es otra cosa. El odio a los judíos provoca cosas, el odio a otros pueblos también hace lo suyo con los portaestandartes del más acérrimo desprecio por la diversidad cultural o étnica.
En fin, la moral tiene su discurso, la ONU tiene el suyo, los pactos y acuerdos bilaterales están escritos y ustedes pueden leerlos, piensen y repiensen. Por mi parte, sí concibo al odio como factor armónico socialmente, pero sí veo ciertas limitantes en llevar el odio desde el pecho hasta el puño. Pero sí insisto, se debe enseñar a odiar, enseñar a la gente a saber llevar esos sentimientos por vías en que, tanto personal y socialmente, sirvan como aportes, sean interesantes, útiles, etc. En fin, el tema es complicado exige discusión ulterior.
El deseo de seguir odiando persiste, un deseo que pulsa, pero diversos factores inciden en él. La historia de vida del sujeto como del discurso que éste tenga de ella, factores políticos-sociales de contexto, etc.
Hoy mi tío esta muerto, fue asesinado, por alguien que probablemente también lo odiaba. Me pregunto: ¿mi amigo sentirá frustración por no poder hacer algo él por erradicar lo que tanto odia de la faz de la tierra?
El psicoanálisis dirá.

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