Feeling Blue: Experiencia en una escuela básica norteamericana

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Por Consuelo Rossi

Con algo de orgullo, he de decir que puedo recitar el texto completo de ese clásico y ochentero comercial de “Petit Fort”. El inolvidable diálogo entre dos niños que juegan a ser un matrimonio. El niño ha llegado cansado del trabajo sin encontrar lo que espera para almorzar, “me voy a la casa de mi mamá”,  “¿y qué le puede dar su mamá que no le pueda dar yo?”, “ella me da Petit Fort”, “pero yo también tengo Petit Fort”.  Además de reírme y enternecerme un poco conmigo misma por ese extraño y poco útil recuerdo de infancia, pienso en esa oración     “y qué tiene su mamá que no le pueda dar yo?”… pareciera ser algo así como una frase con la cual la niña intenta demostrar que ella está a la altura de las bondades de su suegra. Una suerte de lucha por demostrar que puede ser tan buena como los más grandes.

Entonces hago la conexión, ¿no es Chile el país que por lo general anda por la vida intentando demostrar que es tan bueno como los más grandes del mundo? La verdad es que llevo ya un par de meses viviendo en uno de esos países a los cuales Chile suele mirar para arriba, y del cual intenta sacar modelo de mucho, Estados Unidos de Norte América. Y aquí las cosas son como en las películas; hay donuts, autobuses amarillos para los escolares, policías de azul, casilleros en las escuelas, malteadas y auto-cinemas.

¿Qué parte de Estados Unidos? Una ciudad chiquita, pueblerina, a dos horas de Chicago., una monada, y en donde encontré mi lugar como voluntaria en una escuela básica, o “elementary school” Allí trabajo como profesora asistente del segundo grado. El programa es bilingüe, o sea, los niños que asisten a ese salón, son de habla hispana como primera lengua y, entre otras cosas, aprenderán desde ese año en adelante el inglés para lograr subsistir en el sistema educacional estadounidense, y bueno, la vida entera. Me pareció tan buena oportunidad que quise llevar un registro, una especie de bitácora, de lo que observaba día a día en el aula, o “salón” como le dicen los niños.

Con el fin de que vuestra imaginación pueda representar (o recrear)lo que voy narrando, comenzaré con una descripción: es un colegio de arquitectura moderna, ladrillos por fuera y grandes ventanales en la entrada. Portero no hay; la puerta se abre por dentro y por fuera. Entrando vemos pasillos que conectan las salas; a un lado hay ventanales gigantes y al otro paredes decoradas con trabajos manuales en serie, hechos por los niños, veinte máscaras de papel maché, veinte paisajes pintados con acuarela… Justo antes de doblar el pasillo que nos lleva al segundo grado (la meta final) hay una repisa con instrumentos musicales de distintos países de Latinoamérica (y sí, hay una trutruca). Más pinturas y carteles hasta llegar al salón. Allí las sillas y las mesas son de colores. Cada niño tiene su propio “box” (de colores) en la pared tipo casillero. Enfrente  hay ventanales, por supuesto, pero esta vez tapados con una cortina hasta abajo. Al rincón una biblioteca bilingüe y un mapa de género con figuras de felpa, de los animales típicos de cada país pegadas con velcro. En la tercera pared hay un lavamanos, jabón y un dispensador de toalla nova digital, una mesa en forma de “C” (la que suelo usar yo) con seis sillas a lo largo. Frente a esta pared, y para completar el rectángulo, está la reina de todas, la pizarra digital con lápices digitales. ¡Así es! No hay un pizarrón acrílico ni mucho menos de tiza, ¡es una pantalla digital, touch! Lo primero que pensé al entrar a esta escuela fue “ojala yo hubiera estado en un colegio así, cuando chica”, mi colegio tenía monitos de cartulina y era de color damasco. Terrible.

Sin embargo, a medida que fueron pasando los días, y a pesar de que considero muy interesante este programa bilingüe, mi opinión cambió. Las decoraciones de los pasillos hechas por los niños no han cambiado en tres meses, en los casilleros lo único que guardan son sus chaquetas y algún cuaderno, de la biblioteca nadie ha leído los libros más que yo, y el mapa con los animales no lo mira ni mucho menos toca nadie, (y me di cuenta que Chile no está). Tanto estímulo y fiesta de colores se resume en que cada niño no puede hablar sin autorización de la profesora, por los mismos pasillos que han decorado con su creatividad, están obligados a caminar en fila uno tras de otro. Y la reina de todas, la pantalla touch sólo la usa la profesora, quien se para enfrente entregando los contenidos que cada niño debe aprender sin mucho cuestionamiento, y claro, cómo se van a cuestionar si ni siquiera se pueden hablar entre ellos, el silencio ahí es como el de la PSU, ¡pero con niños de ocho años!. La voz no la sacan, literalmente. Actividades en grupo no hay, todo es individual; me cuesta un poco entender por qué, ya que  en la vida son muy pocas las cosas que hacemos solos, y prácticamente todo lo que hacemos es en grupo.

Y si todos trabajan solos se encuentra, como siempre,  el infaltable niño que está más solo que cualquiera. Sentado aparte, en el exilio junto al lavamanos con el dispensador de toalla nova digital, el que “molesta” en clases cuando los demás están trabajando, al que cuando levanta la mano para opinar simplemente se le ignora, o pasa por alto, el que aunque de la respuesta correcta a un problema muy complejo, recibe un “¡¿y quién le dijo que podía hablar?!”. No me sorprende mucho que después de eso en vez de contar sus centavos, los bote al suelo mirando con furia reprimida a la profesora. Me propuse acercarme a él, hacerme su “amiga”- Difícil ya que por lo visto con la maestra no se lleva nada de bien, (y sí, igual que en Carrusel, aquí soy la maestra), y la frase “déjeme en paz” es lo que más escucho salir de él. Me parecía extraño un niño tan desplazado, pues casi no se notaba. Después de muchos “¿Me ayudas a ordenar las sillas?”, “¿te ayudo con esa tarea?”, “¡muy bien! Enséñale a tu compañero como lo hiciste”… ¡Sorpresa! no sólo no se trata de un niño malo, sino que además se trata de un niño brillante. Por ejemplo, mientras sus compañeros están intentando sumar de cinco en cinco él me dice“¿no es eso lo mismo que multiplicar?” y cuando todos estaban contando cuadritos dentro de una figura para calcular el área, él dice, “maestra, es lo mismo que multiplicar el lado por la base, ¿cierto?” Me costó un poco responder a eso- porque no estaba segura de recordar la fórmula para sacar el área- pero él, el niño que se para en clases y toca el pelo a sus compañeras para “molestar”, sí lo sabía. Me di cuenta también de que las tareas que debían durar  20 minutos, él las hacía en 5 o 10, y el tiempo restante se aburría sin poder conversar o jugar con el famoso mapa de felpa, por lo menos. Sin embargo ahí está, con el cartucho de burro en la cabeza. Sus compañeros no dudan en apuntarlo a él cuando la profesora pregunta “! ¿quién fue?!”. Y si me preguntaran a mí, yo jamás he visto que haya sido él.

Siempre pensé que la experiencia en la escuela no es sólo la de aprender los números o las letras, pues va mucho más allá de eso, va en aprender a ser parte de una sociedad, aprender valores como el compañerismo, apoyo moral, diversidad de culturas… pero creo que he visto mucha tele porque  “los niños no van al colegio en busca de una experiencia. Van para aprender habilidades básicas, que necesitarán más tarde en su vida, ser capaces de leer y escribir, y sumar.” (Major, 1994 en James & James, 2001)[1]

Pero sí hay experiencias de las que están aprendiendo más allá de las matemáticas y las letras, están aprendiendo lo que les ocurre a los que no son “agradables” para todos, cómo rechazar y encasillar, están aprendiendo que no importa cuánto te esfuerces por portarte bien, una vez que eres el malo ya no lo dejas de ser nunca más. Y lo que pienso es que en este salón sólo hay un malo, pero cuando se enfrenten a un pueblo estadounidense probablemente todos ellos serán el malo, porque es el latino que viene ilegal, que robó el trabajo y que viene a aprovecharse. Como sea, de momento que al “malo” se le aparte del rebaño; Ya que tal vez no es recomendable que un niño latino piense de manera crítica porque, quién sabe, quizás en unos años más se transforme en un revolucionario y muerda la mano que le dio de comer, ¿no?. Es mejor que se acostumbre a hacer el trabajo con la media y no intente sobresalir mucho, y si para eso es necesario el gorro de burro, que lo use.

Es evidente lo estresante que es tener 25 niños a tu cargo. La tarea es difícil, no creo que ningún profesor desee estigmatizar a un niño, pero en la realidad por duro que suene, es así. Los niños están siendo etiquetados y asumiendo los roles, que les tocará ejercer.

Vuelvo a mi casa y, mientras espero el moderno bus, pienso en todas esas sillas de colores, en los casilleros y las obras de arte pegadas en los pastillos de los ventanales grandes. Al final mis monitos de cartulina hediondos a colafría y el color damasco en todo el colegio no eran tan distintos, al final la respuesta que dio esa niña hace más de 20 años atrás “pero yo también tengo Petit Fort” es la correcta: aquí o allá, ¿cuál es la diferencia?. El que se para de la mesa y el que habla en clases está destinado a sentarse en el rincón de la tiza o al lado de la toalla nova digital, que al fin y al cabo, vendría siendo el  mismo.


[1] James, A., & James, A. (2001). Tightening the net: Children, community, and control. British Journal of Sociology, 42 (2), 221 – 228. Doi:10.1080/00071310120044953

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